Cantares de gesta hispánicos

Aunque sólo se nos han conservado de forma más o menos completa tres cantares de gesta (Cantar de mio Cid, Cantar de Roncesvalles y Las Mocedades de Rodrigo), en las crónicas quedan vestigios de otros títulos:

Ciclo cidiano:

  1. Las Mocedades de Rodrigo.
  2. Cantar de Sancho II.
  3. Cantar de mío Cid.

Ciclo de los condes de Castilla:

  1. Poema de Fernán González.
  2. Los Siete infantes de Lara.
  3. La Condesa traidora.
  4. Romanz del infant García.

Ciclo carolingio:

  1. Cantar de Roncesvalles.
  2. Mainete.
  3. Bernardo del Carpio.

Cantares de gesta. Los protagonistas.

Las figuras centrales de los cantares de gesta son héroes históricos cuya empresa y cuyas hazañas suscitaron la admiración y el orgullo nacional, como lo son Carlomagno para Francia y el Cid Campeador para Castilla. La epopeya divulga en primer lugar y ante todo los hechos del protagonista en una etapa cumbre y decisiva de su vida: el Carlomagno de Roncesvalles y el Cid del destierro. Pero con esto no queda satisfecha la curiosidad del público, que quiere conocer lo que sucedió antes y después, los orígenes y las consecuencias de lo más sabido, y los juglares han de responder a este deseo. De ahí que las gestas se vayan extendiendo y organizando en ciclos -como en la epopeya griega-, o sea en acumulación de cantares de épocas diversas, cuyo conjunto viene a convertirse en una especie de historia poética de héroes o de linajes de héroes. La pura invención invade cada vez más el campo de la tradición nacida de la historicidad, y así surgen cantares sobre la infancia o juventud de los héroes, con datos ahistóricos y fabulosos, como los que poseemos sobre las mocedades de Carlomagno (Berta, Mainet, Basin) y sobre el Cid Campeador (el Rodrigo), en los que a veces otras leyendas, producidas por la biografa de personajes distintos al héroe en cuestión, se incorporan a estos nuevos cantares y se engarzan con los primitivos. Es una labor en la que son muchos los que colaboran, que dura dos o tres siglos, y que da como resultado unos largos relatos que semejan una interminable novela de episodios en la que el residuo histórico se va diluyendo cuanto más se alarga y en la que es patente el influjo de la novela de aventuras de caballeros, que ha surgido en la segunda mitad del siglo xii. Estos extensos relatos épicos, que pronto se trasladaron a la prosa, constituyen en algunos casos un maravilloso esfuerzo de imaginación y de poesía, pese a sus absurdidades y a la desmesurada longitud que adquieren en ciertos casos.

Cantares de gesta

Las epopeyas románicas se denominan cantares de gesta (en francés chansons de geste), del latín gesta, «hechos, hazañas». Suponían recordar pasadas acciones gloriosas de las que se podía enorgullecer una familia. Los cantares de gesta conservados llegan al centenar, una gran mayoría en lengua francesa, con diversas peculiaridades (francés de la isla de Francia, picardo, anglonormando, francoitaliano, etc.), y otros, en ínfima proporción en provenzal y en castellano. La extensión de estos cantares es muy irregular: oscila entre los ochocientos y los veinte mil versos, si bien los de mayor longitud suelen ser tardíos y presentar contaminaciones con la novela. 

Los cantares de gesta no se componían para ser leídos, sino para ser escuchados. De divulgarlos se encargaban unos recitantes llamados juglares, que se solían acompañar de instrumentos de cuerda y que ejercitaban su misión frente a toda suerte de público, tanto el aristocrático de los castillos como el popular de las plazas, de las ferias o de las romerías. Consta, como más adelante tendremos ocasión de considerar, que antes de trabarse batallas los juglares entonaban versos de gestas a fin de enardecer a los combatientes.  

Historia poética 

El cantar de gesta  tiene un fondo histórico cierto, al que es más o menos fiel. Esta fidelidad a la exactitud histórica de lo narrado reviste una serie de matices, que van desde aquellos cantares que casi son una crónica rimada hasta aquellos otros cuya historicidad queda tan reducida que casi parecen una obra de pura imaginación. Por lo general, cuanto más remoto es el asunto de una gesta, más pesan en ella las versiones tradicionales y legendarias de los hechos y más se aparta de la realidad histórica, al paso que, cuando relata hechos sucedidos en un pasado próximo, la fidelidad a lo que realmente acaeció es mayor, entre otras razones porque el público que ha de escuchar los versos conoce con más precisión el asunto y sus personajes. Por otra parte, cuando la gesta tiene por escenario las mismas tierras en que se desarrollaron los acontecimientos que poetiza, suele mantener unos datos geográficos, ambientales y sociales mucho más fieles a la realidad que aquellas gestas que transcurren en países lejanos y exóticos. Ya veremos con detalle que estas dos modalidades de cantares de gesta se pueden cifrar en el Cantar de Roldán francés, alejado en el tiempo y en el espacio de la batalla de Roncesvalles, y el Cantar del Cid castellano, tan próximo al tiempo y al lugar en que obró y vivió Rodrigo Díaz de Vivar.

 Los cantares de gesta son algo así como la historia al alcance y al gusto del pueblo. El hombre docto se enteraba de los hechos del pasado leyendo crónicas y anales en latín, y quedaba su curiosidad satisfecha con el dato frío y escueto. El hombre iletrado precisaba de alguien que le expusiera de viva voz la historia, de la cual lo que le interesaba era lo emotivo, sorprendente y maravilloso y la idealización de héroes y guerreros a los que se sentía vinculado por lazos nacionales, feudales o religiosos.  

Cantos noticieros y juglares.  

La crítica debate desde hace siglo y medio cómo se generaron estos relatos más o menos históricos que son los cantares de gesta, y hay quien sostiene, con argumentos muy dignos de consideración, que determinados acontecimientos, sobre todo grandes campañas militares o significativas acciones de guerra, suscitaron inmediatamente cantos que narraban sus trances más salientes o las hazañas de los guerreros más famosos, con la finalidad de informar de ello a una colectividad vivamente interesada: breves composiciones en verso que podríamos comparar, en cuanto a su finalidad informativa, a los modernos reportajes periodísticos, y no en vano relatos de este tipo eran denominados en Castilla «cantos noticieros». Muchos de estos presuntos relatos versificados debieron de conservarse en la memoria popular y en la tradición juglaresca hasta convertirse en cantares de gesta.

 Lo importante es la actitud literaria del juglar de gestas. Frente a los datos que le ofrecen la historia y la tradición, se adjudica una libertad creadora que le permite construir un relato versificado, con su planteamiento, nudo y desenlace, y entretenerse en la caracterización de los personajes, en las descripciones y en el diálogo. Tiene que hacer concesiones a los gustos del público -que también son los suyos-, dejando paso libre al elemento maravilloso y a la pormenorizada descripción de batallas, de combates singulares y del atuendo guerrero. Este último aspecto se hace fatigoso al lector actual, que a veces no acierta a comprender la razón de tan prolijas descripciones bélicas; pero no debe olvidarse que el público medieval advertía matices y detalles importantes en lo que hoy puede parecernos uniforme y repetido, y la descripción minuciosa de determinado golpe de espada o del procedimiento de desarzonar al adversario con la lanza les interesaba tanto como puede apasionar a nuestros contemporáneos un lance especial de una corrida de toros o una jugada notable en una competición deportiva.

Arte oral.  

Parece evidente que en una época remota las gestas fueron creaciones orales sin forzosa transcripción a la escritura, y ello lo corrobora la existencia en tantos países del mundo de canciones populares, incluso narrativas, como gran parte del romancero castellano, que se han conservado oralmente y sin necesidad del apoyo de un texto escrito. Pero si hoy conocemos cantares de gesta, lo debemos exclusivamente a que hubo amanuenses que los copiaron en manuscritos, y entre estos manuscritos hoy conservados hay un pequeño número que se denominan juglarescos porque constituían el memorándum o libreto del juglar, con los cuales éste refrescaba la memoria antes del recitado o aprendía cantares que hasta entonces le eran desconocidos. Los preciosos manuscritos del Cantar de Roldán (de Oxford) y del Cantar del Cid (de Madrid) son de pequeño formato, escritos sobre un pergamino aprovechado y con la finalidad de ser útiles a un juglar, y en modo alguno constituyen un libro de lectura.

Fuente

Wikipedia

Trovadores.

La lengua de los libros

En la Europa del siglo XII, el latín, lengua indiscutida de la comunidad culta, convive con las nuevas lenguas vernáculas. Por su parte, entre las clases menos cultas parece haber existido un alto grado de bilingüismo funcional y de comprensión del latín, lengua con la que entraban en contacto cotidianamente a través de la predicación evangélica. La mayoría de los simplices et medriocriter litterati sabía algo de latín, y entendían los sermones si no al pie de la letra, sí lo bastante como para captar el sentido. Como lo describe S. Agustín, las gentes se veían conmovidas, ya que no instruidas, por las palabras. Para ellos, el latín era la lengua no sólo de la autoridad y la ortodoxia, sino también del misterio, la sonoridad y el prestigio. Serán las nuevas órdenes de predicadores del siglo XIII, dominicos y franciscanos, las que empiecen a adoctrinar al pueblo en la lengua común.

Los dos principales focos de irradiación de la obra literaria escrita en vulgar serán la Iglesia y la corte. En España, la Iglesia favorece el desarrollo de la lengua vernácula a través de la creación de unas manifestaciones literarias de contenido religioso a medio camino entre la obra popular y la culta, el llamado mester de clerecía, creador de una poesía narrativa clerical, de carácter culto e intención didáctica, entre los siglos XIII y XV. Sus fuentes, siempre escritas, son obras latinas y francesas, y sus temas serán por tanto siempre eruditos, consistentes en poetizar temas hagiográficos, doctrinales, ascéticos o marianos, incluso amorosos o legendarios; en Francia, las cortes provenzales habían poetizado la relación entre los caballeros y las damas con la creación de un género literario, el cancionero cortés, procedente en último extremo de la lírica amorosa árabe, que se extendió pronto a todo el Occidente europeo; también aquí se originan los libros de caballerías, relatos de ficción con pretensiones históricas para recreo de la clase cortesana.

 Del artículo de Beatriz Porres.

El libro medieval

El libro medieval, conocido como códice o manuscrito, nace y muere a causa de dos revoluciones técnicas muy distintas; nace cuando, hacia el siglo IV d. C., se reinventa el libro como un objeto de forma rectangular consistente en varias hojas apiladas y cosidas, que se pueden hojear una tras otra (el formato de los libros de hoy día), y muere con la invención de la imprenta en el siglo XV, cuando los libros dejan de copiarse a mano. Antes de su invención, los libros consistían en varias hojas de papiro escritas, pegadas una junto a otra por los bordes, hasta formar una tira más o menos larga que se guardaba enrollada (nuestra palabra “volumen” viene de ahí: en latín volvere significa “enrollar”). Con la consolidación del Cristianismo como religión oficial, en el siglo IV, se extiende el uso de la nueva forma de libro, el códice de hojas cosidas. Las ventajas de esta nueva disposición de los textos son evidentes para una religión que transmite una verdad revelada por escrito, una religión basada en un libro, la Biblia, que era necesario consultar constantemente. Otros factores favorecen su difusión, como la compilación y codificación (en el sentido de “poner en un códice”) del Derecho Romano a finales de la Antigüedad, y por obra sobre todo del emperador Justiniano, en el siglo VI. Era evidentemente mucho más fácil buscar rápidamente un determinado pasaje de la Biblia o de un código de Derecho en un libro que se puede hojear que en uno que hay que desenrollar y enrollar cada vez. Al mismo tiempo, se impone el uso del pergamino, y no ya del papiro, para la confección de las hojas. El pergamino toma su nombre de la ciudad helenística de Pérgamo, pues una leyenda transmitida por Plinio el Viejo nos cuenta que fue allí donde se inventó, obligados por la necesidad de un nuevo soporte escriptorio después que Egipto hubiera interrumpido sus exportaciones de papiro a dicho reino. Hecho con pieles de animales tratadas con agua y cal, es un material orgánico de duración casi eterna, que requiere pocos cuidados. Los árabes introducirán en España el papel, un nuevo material procedente de China que sustituirá al pergamino en toda Europa. El primer molino de papel en suelo europeo será el de Játiva, a mediados del s. XI, y de ahí se difundirá al resto de Europa, principalmente a partir de molinos italianos como el de Fabriano, que será uno de los mayores exportadores desde el siglo XII. Al ser un material mucho más barato y rápido de fabricar que el pergamino, acabó por sustituir a éste; su uso se impone casi definitivamente a partir del siglo XV, con la ayuda decisiva de la imprenta.

El libro manuscrito, que cubre un larguísimo período de más de mil años, preserva no sólo las lecturas que acompañan al devenir de la historia medieval, sino también una de sus manifestaciones artísticas más elevadas: la miniatura, la principal manifestación pictórica de la época, así llamada no porque se trate de obras de arte diminutas (que lo eran), sino porque contienen minio, un pigmento rojo muy utilizado. El libro en sí es un objeto artesanal que requiere una alta cualificación y el concurso de varios especialistas (un miniador, un escriba experto en caligrafía, un revisor del texto, un encuadernador…) que lo construyen con la combinación de distintos materiales: pergamino o papel y tinta para escribirlo, pigmentos de distintos colores y pan de oro para decorarlo, cuerda, madera, hilo, cuero y broches metálicos para encuadernarlo. Se comprende pues que fueran carísimos, y que allí donde escaseaban se convirtieran en tesoros celosamente protegidos, e incluso en objetos de culto religioso (pues contenían la palabra divina) capaces de hacer milagros por sí solos. Cada manuscrito se escribe en hojas sueltas que se ensamblan luego para encuadernarlas, y normalmente el copista escribe apoyando las hojas en las rodillas (el uso del pupitre no era tan obvio como podría parecernos) y en muchos casos al aire libre, en el claustro del monasterio, aprovechando la luz del día. Muchos manuscritos conservan al final las quejas del copista por lo duro del trabajo (“Tan sólo escriben tres dedos, pero es todo el cuerpo el que trabaja”), o expresiones de alivio por haber llegado al final de la obra (“Como el marinero se alegra de ver la orilla acercarse, así me alegro yo de ver el final de este libro”).

Los libros eran muy distintos entre sí. Las diferencias, obviamente no sólo de contenido, sino de modo de presentación del texto o de estilo decorativo, dependían fundamentalmente del destinatario de la obra. Los libros se hacían (y se hacen) siempre para un tipo concreto de lector. Nada tiene que ver el evangeliario ricamente miniado y con tapas de marfil o cuajadas de piedras preciosas, regalado por un emperador a un gran monasterio como símbolo de poder, con el de uso cotidiano, pequeño y sin decorar, de un monje misionero en las Islas Británicas.

Por lo que a los siglos XII y XIII se refiere, lo más relevante es que es precisamente entre ambos siglos cuando el monopolio monástico en la producción de libros llega a su fin. En los tres últimos siglos del período medieval no fueron los monjes, sino los profesionales laicos, los que se ocuparon de la producción de códices. La causa del cambio está en el nacimiento de las universidades; los estudiantes necesitan libros, y la demanda universitaria dará lugar a un comercio librario en el XIII que pasará a manos de talleres urbanos profesionales, autores de una producción masiva y en serie que alimentará las necesidades no sólo de ésta, sino también de un emergente estamento laico acomodado cada vez más culto.

Es también el nuevo libro escolástico universitario, el nuevo tipo de producción libraria, la nueva forma de leer y estudiar, lo que favorece la creación de otra forma de escribir. Se introduce ahora la escritura gótica, que sustituye al tipo de letra usado en Europa desde el siglo IX, la llamada escritura carolina. Con la gótica se difunde también una presentación del texto más clara y legible: mejor separación de las palabras, signos de puntuación, muchísimas abreviaturas que agilizan la lectura, división del texto en dos columnas en cada página… Sus contemporáneos denominaban a esta escritura littera moderna; el nombre gothica se lo dan despectivamente los humanistas del XVI, y con él querían decir “letra de bárbaros”, porque les parecía ilegible. Ellos se encargarán de recuperar y difundir la que erróneamente consideraban la escritura de los antiguos romanos, la antiqua, que no es otra que la letra carolina, de formas redondas, pausadas y elegantes; ésta fue la escritura con que se difundió la nueva cultura renacentista, y ésta fue la escritura utilizada para imprimir los primeros libros, Esta es, fundamentalmente, la escritura con que seguimos imprimiéndolos.

La imprenta, una técnica inventada primero en Renania hacia 1440 y extendida luego a Italia (1465) y al resto de Europa, nace como artimaña para una falsificación. Al parecer, Gutenberg mantuvo inicialmente en secreto el descubrimiento para poder seguir vendiendo los libros que fabricaba haciéndolos pasar por manuscritos. Fuera éste el motivo o no, el secreto duró poco. En diez años, los tipógrafos adiestrados en sus talleres difundían la imprenta por toda Europa.

Hacia 1510 la mayor parte de los libros hechos en Europa eran ya impresos. Con este fenómeno acaba el período medieval europeo. Sus libros, que ya no son manuscritos, ni miniados, ni de pergamino, se han convertido en nuestros libros.

Del artículo Beatriz Porres.
 
como se hacía una obra.
 
Cronología del libro.
 
lclcarmen3.wordpress.com

Lecturas medievales

La Europa posterior a la invasión de los godos había perdido la riqueza literaria y la amplia alfabetización que habían caracterizado a la época clásica. Si los griegos pensaban que un idiota es alguien que no sabe ni leer ni nadar, en la Europa medieval los idiotae serán sencillamente los illiterati, los analfabetos, y el término está ya muy lejos de la carga de desprecio que el refrán griego rezuma hacia una ignorancia inconcebible.

La mayor parte de los libros de la Europa cristiana eran libros litúrgicos (misales, evangeliarios, antifonarios, etc.), necesarios para la celebración de los ritos sagrados en iglesias y monasterios, y libros necesarios para la formación de sacerdotes y monjes, como colecciones de homilías, textos de los Santos Padres, biblias… Son éstos sin duda los más copiados y los más usados, por ser “herramientas de trabajo” de un estamento social importantísimo en la época como es el clero. Y son ellos, precisamente porque su profesión les exigía saber leer y escribir y conocer el latín, los encargados, durante toda la Edad Media, de preservar y transmitir la cultura heredada de la Antigüedad, de ejecutar la penosa tarea de copiar los libros, de enseñar a leer y escribir.

Ello es especialmente cierto para la Alta Edad Media europea, hasta el nacimiento de las universidades en el siglo XII y la conversión de éstas en centros laicos de difusión del saber. Pero aunque no son los únicos que poseen la capacidad de leer (otras profesiones lo requerían en mayor o menor grado; los comerciantes tenían que saber llevar sus cuentas, y los notarios y funcionarios de las cancillerías tenían que ocuparse de la burocracia privada y pública), sí son los principales productores y consumidores de cultura y de ciencia; de ahí que, al menos hasta el siglo XII, podamos crear la equivalencia clérigo=hombre de letras (hoy día el término inglés clerk todavía designa a ambos).

Fuera de este grupo, por lo demás muy poco homogéneo en sus niveles de alfabetización, se encuentran lectores principalmente entre las capas sociales acomodadas, es decir, nobles y altos funcionarios, educados en cualquier caso en escuelas monásticas o catedralicias.

Pocos lectores son, huelga decirlo, mujeres. Algunas fueron eximias protectoras de la cultura, como la emperatriz Teófano, la esposa bizantina de Otón II, emperador del Sacro Imperio; la fama de otras, como la de la culta Eloísa, amante de Abelardo alcanzó la leyenda; de otras quedan sólo sus nombres: nombres de humildes monjas escribanas que firman los libros que copian, nombres de damas que dejan en herencia sus bibliotecas a monasterios y catedrales. Se cree que las mujeres, precisamente porque se cuidaba menos su educación y no solían saber latín, fueron un público que propició la difusión de obras escritas en lenguas vernáculas.

Pero no sólo había clérigos que leían venerables volúmenes de teología o ciencia. El siglo XII vive un renacimiento de las letras en toda Europa, y muy especialmente en España, que impulsará el nacimiento de las universidades o la composición de los primeros textos literarios en las distintas lenguas vernáculas, con sus nuevos géneros y sus temas preferidos. Si los más cultos leen a S. Agustín y a Plotino y se interesan por las matemáticas, no faltarán a partir de ahora lectores de libros de caballerías como el Roman de toute Chevalerie de Thomas of Kent o los relatos artúricos de Chrétien de Troyes o Geoffrey de Monmouth; de lírica religiosa, como las Cantigas de Alfonso X; de poesía amorosa como el Roman de la Rose; de fábulas indias, como el Calila e Dimna, difundidas gracias a los árabes; de cuentos como los Canterbury Tales de Chaucer; de relatos supuestamente históricos sobre míticos héroes y batallas, como la Historia Destructionis Troiae de Guido delle Colonne, la Eneide de Heinrich von Veldeke (una adaptación de la Eneida de Virgilio) o el Speculum historiale de Vincent de Beauvais, una historia del mundo desde la Creación hasta el 1250, pronto traducida al neerlandés y al francés; de textos concebidos para la devoción privada, como vidas de santos o libros de horas; de poesía moralizante como la de Berceo; de poemas épicos como el Nibelungenlied, el Poema de mío Cid o la siciliana Chanson d’Aspremont, rápidamente puestos por escrito y traducidos (existe un Rolandslied del 1170); de libros de viajes como Li Livres du Graunt Caam de Marco Polo, por no hablar de obras maestras como la Divina Comedia.

No carecían de público las obras inmorales, las de contenido satírico, blasfemo u obsceno (se dice que uno de los motivos por los que el Roman de la Rose fue tan tremendamente popular en la Edad Media estriba en lo subido de tono de algunos pasajes) y las opuestas a la doctrina cristiana (obras de brujería o magia, textos paganos), generalmente prohibidos.

Por último, para las capas más populares, compuestas en gran parte por analfabetos, la literatura no se lee: se oye. La transmisión de la literatura como entretenimiento es en buena parte oral, en círculos familiares o en plazas públicas. Todo ello sin olvidar que también el que sabe leer lee siempre en voz alta, aunque esté solo; la lectura silenciosa es una habilidad tardía, extendida a partir del Renacimiento.

Artículo de beatriz Porres.