El libro medieval

El libro medieval, conocido como códice o manuscrito, nace y muere a causa de dos revoluciones técnicas muy distintas; nace cuando, hacia el siglo IV d. C., se reinventa el libro como un objeto de forma rectangular consistente en varias hojas apiladas y cosidas, que se pueden hojear una tras otra (el formato de los libros de hoy día), y muere con la invención de la imprenta en el siglo XV, cuando los libros dejan de copiarse a mano. Antes de su invención, los libros consistían en varias hojas de papiro escritas, pegadas una junto a otra por los bordes, hasta formar una tira más o menos larga que se guardaba enrollada (nuestra palabra “volumen” viene de ahí: en latín volvere significa “enrollar”). Con la consolidación del Cristianismo como religión oficial, en el siglo IV, se extiende el uso de la nueva forma de libro, el códice de hojas cosidas. Las ventajas de esta nueva disposición de los textos son evidentes para una religión que transmite una verdad revelada por escrito, una religión basada en un libro, la Biblia, que era necesario consultar constantemente. Otros factores favorecen su difusión, como la compilación y codificación (en el sentido de “poner en un códice”) del Derecho Romano a finales de la Antigüedad, y por obra sobre todo del emperador Justiniano, en el siglo VI. Era evidentemente mucho más fácil buscar rápidamente un determinado pasaje de la Biblia o de un código de Derecho en un libro que se puede hojear que en uno que hay que desenrollar y enrollar cada vez. Al mismo tiempo, se impone el uso del pergamino, y no ya del papiro, para la confección de las hojas. El pergamino toma su nombre de la ciudad helenística de Pérgamo, pues una leyenda transmitida por Plinio el Viejo nos cuenta que fue allí donde se inventó, obligados por la necesidad de un nuevo soporte escriptorio después que Egipto hubiera interrumpido sus exportaciones de papiro a dicho reino. Hecho con pieles de animales tratadas con agua y cal, es un material orgánico de duración casi eterna, que requiere pocos cuidados. Los árabes introducirán en España el papel, un nuevo material procedente de China que sustituirá al pergamino en toda Europa. El primer molino de papel en suelo europeo será el de Játiva, a mediados del s. XI, y de ahí se difundirá al resto de Europa, principalmente a partir de molinos italianos como el de Fabriano, que será uno de los mayores exportadores desde el siglo XII. Al ser un material mucho más barato y rápido de fabricar que el pergamino, acabó por sustituir a éste; su uso se impone casi definitivamente a partir del siglo XV, con la ayuda decisiva de la imprenta.

El libro manuscrito, que cubre un larguísimo período de más de mil años, preserva no sólo las lecturas que acompañan al devenir de la historia medieval, sino también una de sus manifestaciones artísticas más elevadas: la miniatura, la principal manifestación pictórica de la época, así llamada no porque se trate de obras de arte diminutas (que lo eran), sino porque contienen minio, un pigmento rojo muy utilizado. El libro en sí es un objeto artesanal que requiere una alta cualificación y el concurso de varios especialistas (un miniador, un escriba experto en caligrafía, un revisor del texto, un encuadernador…) que lo construyen con la combinación de distintos materiales: pergamino o papel y tinta para escribirlo, pigmentos de distintos colores y pan de oro para decorarlo, cuerda, madera, hilo, cuero y broches metálicos para encuadernarlo. Se comprende pues que fueran carísimos, y que allí donde escaseaban se convirtieran en tesoros celosamente protegidos, e incluso en objetos de culto religioso (pues contenían la palabra divina) capaces de hacer milagros por sí solos. Cada manuscrito se escribe en hojas sueltas que se ensamblan luego para encuadernarlas, y normalmente el copista escribe apoyando las hojas en las rodillas (el uso del pupitre no era tan obvio como podría parecernos) y en muchos casos al aire libre, en el claustro del monasterio, aprovechando la luz del día. Muchos manuscritos conservan al final las quejas del copista por lo duro del trabajo (“Tan sólo escriben tres dedos, pero es todo el cuerpo el que trabaja”), o expresiones de alivio por haber llegado al final de la obra (“Como el marinero se alegra de ver la orilla acercarse, así me alegro yo de ver el final de este libro”).

Los libros eran muy distintos entre sí. Las diferencias, obviamente no sólo de contenido, sino de modo de presentación del texto o de estilo decorativo, dependían fundamentalmente del destinatario de la obra. Los libros se hacían (y se hacen) siempre para un tipo concreto de lector. Nada tiene que ver el evangeliario ricamente miniado y con tapas de marfil o cuajadas de piedras preciosas, regalado por un emperador a un gran monasterio como símbolo de poder, con el de uso cotidiano, pequeño y sin decorar, de un monje misionero en las Islas Británicas.

Por lo que a los siglos XII y XIII se refiere, lo más relevante es que es precisamente entre ambos siglos cuando el monopolio monástico en la producción de libros llega a su fin. En los tres últimos siglos del período medieval no fueron los monjes, sino los profesionales laicos, los que se ocuparon de la producción de códices. La causa del cambio está en el nacimiento de las universidades; los estudiantes necesitan libros, y la demanda universitaria dará lugar a un comercio librario en el XIII que pasará a manos de talleres urbanos profesionales, autores de una producción masiva y en serie que alimentará las necesidades no sólo de ésta, sino también de un emergente estamento laico acomodado cada vez más culto.

Es también el nuevo libro escolástico universitario, el nuevo tipo de producción libraria, la nueva forma de leer y estudiar, lo que favorece la creación de otra forma de escribir. Se introduce ahora la escritura gótica, que sustituye al tipo de letra usado en Europa desde el siglo IX, la llamada escritura carolina. Con la gótica se difunde también una presentación del texto más clara y legible: mejor separación de las palabras, signos de puntuación, muchísimas abreviaturas que agilizan la lectura, división del texto en dos columnas en cada página… Sus contemporáneos denominaban a esta escritura littera moderna; el nombre gothica se lo dan despectivamente los humanistas del XVI, y con él querían decir “letra de bárbaros”, porque les parecía ilegible. Ellos se encargarán de recuperar y difundir la que erróneamente consideraban la escritura de los antiguos romanos, la antiqua, que no es otra que la letra carolina, de formas redondas, pausadas y elegantes; ésta fue la escritura con que se difundió la nueva cultura renacentista, y ésta fue la escritura utilizada para imprimir los primeros libros, Esta es, fundamentalmente, la escritura con que seguimos imprimiéndolos.

La imprenta, una técnica inventada primero en Renania hacia 1440 y extendida luego a Italia (1465) y al resto de Europa, nace como artimaña para una falsificación. Al parecer, Gutenberg mantuvo inicialmente en secreto el descubrimiento para poder seguir vendiendo los libros que fabricaba haciéndolos pasar por manuscritos. Fuera éste el motivo o no, el secreto duró poco. En diez años, los tipógrafos adiestrados en sus talleres difundían la imprenta por toda Europa.

Hacia 1510 la mayor parte de los libros hechos en Europa eran ya impresos. Con este fenómeno acaba el período medieval europeo. Sus libros, que ya no son manuscritos, ni miniados, ni de pergamino, se han convertido en nuestros libros.

Del artículo Beatriz Porres.
 
como se hacía una obra.
 
Cronología del libro.
 
lclcarmen3.wordpress.com
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