La cama medieval

Lo habitual era meterse en la cama desnudos, apartando los vestidos con la esperanza de verse librado, además, de las pulgas y piojos que hacían tan desagradable la vida diurna. En una única cama, siempre para ahorrar espacio, dormían incluso siete u ocho personas: en invierno, el calor en las habitaciones se conseguía por la cercanía de los cuerpos.
En las casas de los ricos, telas e incluso telas forradas de pieles cubrían por completo las paredes para combatir el frío, la humedad y las corrientes de aire de la estación; quien no podía permitirse tales lujos, recurría a las falsas tapicerías, únicamente pintadas.

Las cortinas que los más afortunados extienden alrededor de la cama sirven para conseguir mayor intimidad: son necesarias en las habitaciones medievales llenas de corrientes de aire y poco caldeadas: “¿Por qué haces las cubiertas? Para conciliar el sueño, que tanto necesitas, y para reposarte. ¿Y para qué haces las cortinas? Porque temes al viento”, explicaba el dominico Giordano de Pisa en un sermón suyo de 1304. Las ventanas solían ser pequeñas, cerradas por antas de madera que reparaban a medias; de día hacían caer en la más profunda oscuridad las habitaciones ya poco iluminadas.
Para obtener un poco de luz y al mismo tiempo evitar que entraran nubes de moscas, se ponían en las ventanas, en lugar de nuestros cristales, telas enceradas o pergamino.
Esta situación perduró durante mucho tiempo: de hecho, para un burgués de finales del Trecento, aún siendo rico, los cristales en las ventanas resultaban un lujo que él no podía permitirse: éstos se utilizaban exclusivamente para las vidrieras de las iglesias
 

El colchón:

En Europa la gente dormía sobre pilones de pastizales u hojas de distinto tipo. Más tarde, se crearon los primeros colchones, que constaban en lo mismo, pero dentro de una funda. El relleno era usualmente de pajas, lana, u hojas, pero la cantidad de enfermedades que podía albergar un sólo colchón eran demasiadas, y debían limpiar, vaciar, y ventilar los “colchones” lo más seguido posible.

El declive de camas y dormitorios se refleja en otro término de la Edad Media: cabecera de la cama. Hoy este concepto designa una parte de la estructura que soporta toda la cama, mas para los austeros anglos, sajones y jutos, la cabecera era meramente el lugar en el suelo donde una persona se acomodaba para pasar la noche.

 

La incomodidad puede convertirse gradualmente en costumbre y, en las Islas británicas, la ausencia de lechos confortables llegó a ser considerada una ventaja, un medio nocturno para fortalecer el carácter e incluso el cuerpo. Se creía que un lecho blando creaba soldados blandos, y esta creencia la expresó Edgar, rey de los escoceses, a principios del siglo XII, cuando prohibió a los nobles, que podían pagarse buenos colchones de plumas, dormir en toda superficie que, por su blandura, les llevara al afeminamiento y a la debilidad de carácter. Incluso desnudarse para pasar la noche (exceptuando quitarse las cotas de malla) era una costumbre juzgada como poco varonil. Tan austera era la vida anglosajona, que los conquistadores normandos juzgaban a sus cautivos como seres apenas más civilizados que los animales.

 Hubo un tiempo en que los colchones, por los insectos que pululaban en su interior y el moho que los invadía, representaban una pesadilla más abominable que los peores sueños de un durmiente. La paja, las hojas, las agujas de pino y los juncos, todos ellos rellenos de origen orgánico se pudrían y alojaban una cantidad impresionante de chinches y pulgas. Numerosos relatos medievales hablan de ratones y ratas que, junto con los bichos que les servían de alimento, se alojaban en aquellos colchones que no eran regularmente secados y renovados. Los médicos recomendaban añadir al relleno de los colchones sustancias que repelieran a los animales, por ejemplo el ajo.

 

 

 

Normalmente en las casas medievales el ajuar era escaso. Las piezas esenciales del mobiliario serían las arcas y arcones destinados a guardar los enseres de la casa: ropas, vajillas, cristal, etc; las camas, las mesas y, como elemento de asiento, los escaños de madera. Las camas están documentadas con su equipo completo: la denominada «muérfaga» o «almadraque» que corresponde a nuestro colchón actual, relleno de paja o borra -también se documentan «almadraquetas», es decir, colchones más pequeños forrados con una tela gruesa de estopa-; encima del colchón se colocarían sábanas de lino -denominadas «cobiertas»- y mantas de lana delgada o las denominadas «cocedras», es decir, colchonetas muy finas normalmente rellenas de pluma; por último la almohada o cabezal también forrado de tela de lino. De un inventario de mediados del siglo XV, Álvarez transcribe la siguiente frase: «de un paramento de lienzo teñido de verde e colorado todo en derredor de la cama donde yo e el dicho mi marido dormiamos», lo que nos sugiere que nos encontramos ante el caso, no muy frecuente, de una cama con dosel.

En la época medieval las camas continuaron siendo objetos relativamente hostiles al cuerpo. Se extendían tapices sobre el suelo o en algún banco adosado al muro, en los que se colocaban almohadones de plumas, lana o crin animal y se usaban, a modo de cobertores, pieles de animales.

La apariencia era fundamental para dejar en claro el nivel social de la persona que ocupaba el lecho, de modo que las camas se convirtieron en rebuscados objetos llenos de ornamentos, que podían incluir la heráldica del durmiente.

En ese tiempo se comenzaron a utilizar las cortinas como parte de las camas, que llegaron a tener alturas impresionantes en los amplios palacios. Desde luego, la gente del pueblo seguía reposando en simples cajones de madera.

A partir del siglo Trece se empezaron a usar camas de madera, con artísticos trabajos de pintura y escultura. El bastidor para sostener el colchón era una red de cuerdas o correas y las personas se acostaban envolviéndose en un lienzo que cubría el colchón.

Las dimensiones de las camas llegaron a ser tan grandes que algunos príncipes hacían que sus criados golpearan con un palo los colchones para persuadirse de que en ellos no se ocultaba ninguna persona. Entre los humildes, una de estas camas servía para toda la familia.

La cama era un curioso lugar de socialización, muy distinto al que ahora conocemos. Era habitual que durmieran juntos los miembros de la misma familia, el señor con sus criados o la dama con sus doncellas.

A los invitados se les hacía un hueco para que pernoctaran en el lecho común, como prueba de deferencia y distinción con el huésped a quien se quería honrar.

Poco a poco la cama comenzó a adoptar su forma “moderna”, con patas bien definidas, pomos y colchones. Por la noche se extendían sobre las sábanas de lino los cobertores de abrigo, que solían ser pieles. Las personas ya no se envolvían al acostarse en las ropas de cama, sino que dejaban que cayeran por los lados, exactamente igual que en la actualidad.

Por esa época también se usaron como cobertores unos colchoncitos finos rellenos de plumas, semejantes a los que en los países nórdicos se siguen usando y que en la actualidad conocemos como edredones.

 

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1 Comentario

  1. David Q.G. said,

    febrero 13, 2011 a 6:49 pm

    Estamos trabajando con niños de 5 años la Edad Media, y nos ha surgido una pregunta que no sabemos contestar. ¿Cómo se llamaban las cortinas que utilizaban para decorar las puertas? Agradeceríamos mucho vuestra ayuda. Un saludo!


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