Asedio o asalto de castillos

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Poco conciliador pero eficaz en la sucesión de acciones. Entre los siglos IX y mediados del XV los castillos fueron los grandes protagonistas de la guerra. El ejército atacante procedía en primer lugar como vemos a saquear y arrasar las cosechas y los bienes que los lugareños hubieran dejado atrás al refugiarse en el castillo. Mientras tanto, la fortaleza procedía a cerrar sus puertas y levantar el puente levadizo (de tenerlo), las tropas añadían apresuradamente estructuras de madera llamadas garitas, galerías y cadalsos que facilitarían la defensa de los muros, apuntalaban estos con palenques —que eran una especie de colchón formado con sacos que podía ponerse tanto en la parte exterior como interior del muro— y en algunos casos, como en el castillo de Caerphilly se procedía mediante un mecanismo hidráulico a inundar el terreno circundante, creando un lago que lo dejaba completamente aislado.

Una vez las tropas enemigas rodeaban el castillo tenían dos opciones: instalarse para dar comienzo a un asedio o intentar asaltarlo. La primera opción requería una gran cantidad de tiempo y recursos, como explicaba un funcionario real llamado Pierre Dubois en el siglo XIII «un castillo puede ser conquistado con dificultad en un año e incluso cuando cae por fin, implica más gastos para el tesoro real y para sus súbditos que lo que en realidad vale». En el interior disponían de pozos de agua y, por lo general, de una gran reserva de víveres que les permitía resistir una larga temporada. En algunos casos además contaban con poternas o «puertas de la traición» entradas secretas que permitían entrar y salir a espías y mensajeros… o al enemigo, si este llegaba a descubrirlas. Cuando esas reservas se agotaban finalmente ofrecían su rendición, como ocurrió en Kerak y Montreal en 1188 y 1189, aunque a menudo se entregaban antes si se les garantizaba que conservarían la vida. Un caso curioso fue el del asedio de Weinsberg en 1141, cuando los atacantes al mando de Conrado III ofrecieron salir libres únicamente a las mujeres, que podrían llevarse todo aquello con lo que pudieran cargar. Y aceptaron, pero lo que cargaron a hombros fue a sus maridos.

Las negociaciones sobre las condiciones de rendición podían durar meses y llegaban a incluir clausulas para la guarnición realmente curiosas, como la de salir del castillo descalzos, en Stirling en 1304, o que los seis ciudadanos más ilustres acudieran ante su sitiador, Eduardo III, con una soga al cuello para entregarle las llaves de Calais, en 1347. Mientras tanto, con el fin de minar la resistencia de los encastillados, los asaltantes recurrían a veces a la guerra bacteriológica y psicológica. Para ello empleaban el trebuchet o catapulta de contrapeso, que podía lanzar piedras con las que erosionar el muro o bien restos de animales podridos al interior del castillo, para propagar infecciones. En el asedio a Nicea en 1097 llegaron a lanzar las cabezas de los prisioneros para desmoralizar sus adversarios.

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La otra opción al asedio era intentar penetrar en el interior del castillo, un objetivo muy complicado dada la ubicación y estructura de las fortalezas. Como decíamos al comienzo, solían construirse en lo alto de un monte o peñasco que dificultaba la llegada de los soldados y de las torres de asalto. También podían contar con fosos, como del castillo de La Mota, en Medina del Campo, o con muros que en lugar de ser verticales tengan cierta inclinación, los taludes, que ofrecían más resistencia a los proyectiles y además permitían que rebotasen en ellos, como si una máquina de pinball se tratara, las piedras que se lanzaban desde lo alto y así sorprender a los atacantes. Las plantas de las torres pasaron de ser cuadradas a redondas, dado que al no tener ángulos resultaban más resistentes a los intentos de minado o de derribo y además no dejaban ángulos muertos a la guarnición que la defendía. Por supuesto, como a menudo hemos visto en las películas, a lo largo de las murallas y torres había troneras desde las que disparar flechas o arrojar agua o aceite hirviendo. Además las escaleras del interior solían girar a la izquierda, de manera que al subir quedara expuesto el lado derecho, que no cubre el escudo. Y por si todo esto no fuera bastante, a menudo los castillos contaban con una segunda muralla interior a la que replegarse. En fin, todo un calvario para el enemigo.

¿Qué opciones tenían entonces los asaltantes? Podían excavar una vía subterránea para llegar al interior o para poner explosivos en la base de la muralla. En el asedio del castillo de Rochester de 1215 esos explosivos fueron concretamente 40 cerdos, cuya manteca resultó ser una excelente arma de guerra. También se podía derribar la puerta usando un ariete, o llegar a lo alto del muro usando una bastida o torre de asalto. Pero fue a partir de 1370 cuando comenzó a utilizarse de forma habitual una nueva arma que acabaría suponiendo el final de los castillos como fortalezas defensivas. Se trataba de los cañones.

Los primeros fueron estructuras muy aparatosas que requerían cada uno de 24 caballos para ser transportados y algunos solo lograban disparar una vez al día, lo que no es una cadencia de tiro muy intimidatoria. Su inicial forma de jarrón hacía que el proyectil saliera disparado con poca precisión, hasta tal punto que si un artillero lograba acertar tres veces a un blanco en un solo día sus superiores lo mandaban en peregrinación por temor a que tuviera algún trato con el diablo. Pero con el paso de los años el diseño del cañón pasó a tener forma de tubo, se mejoró la pólvora utilizada y las fortalezas pasaron a ser vulnerables. Fue de hecho un arma decisiva para las tropas de los Reyes Católicos en su conquista de la Península. Aunque ya a finales del siglo XV los muros tuvieron que construirse más bajos y gruesos —de hasta 13 metros de ancho— ya nada volvió a ser igual. Acabó toda una era y con ella unas construcciones que desde entonces pasarían a ocupar el terreno de la imaginación, inspirándonos en forma de leyendas y en toda clase de narraciones. Aprovechemos entonces para visitar cualquiera de los muchos que hay en cada provincia española y evocar ese mundo romántico y fascinante de princesas enamoradas, fastuosos banquetes y enemigos dando alaridos al caerles encima aceite hirviendo.

Extraído  de  http://www.jotdown.es/author/xabi/

Otra fuente interesante: http://jadonceld.blogspot.com.es/search/label/Historia%20medieval

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Video didáctico de la película El Señor de la guerra.

Documental: castillos y mazmorras en la Edad Media