Música en la Edad Media

 De este Enlace:

 

 -Sonidos marginales provocados y controlados por los hombres

Dentro de este grupo destacaremos los siguientes:

•El silbido, que es utilizado por los aldeanos para llamar la atención de alguien.

•Los gemidos femeninos, que forman parte del ritual mortuorio y que en cierta medida perpetúan la larga tradición de las plañideras grecolatinas. Estos sollozos y gemidos rituales que encontramos en torno al lecho del moribundo, en el velatorio y en el cementerio, son siempre producidos por mujeres, los “agentes esenciales del rito funerario” en palabras de M. Mauss (3). Recordemos a este respecto que eran éstas quienes se encargaban del amortajamiento y del velatorio del difunto. Las “pleureuses” confieren un cariz dramático a la muerte, gritan, lloran, rezan, en ningún momento son asistentes pasivos, la emoción les agita, sus muestras de dolor son siempre apasionadas. Veamos por ejemplo lo que nos cuenta Mengarde Buscaih: “Cuando mi suegra murió, asistí a su entierro lanzando tremendas vociferaciones. Sin embargo, tenía los ojos secos, porque sabía que la querida mujer había sido heretizada en vida” (I, 490). Los hombres gimen con discreción (II, 289).

•Los toques de campanas, que juegan un papel fundamental en la comunicación social del espacio rural, pues a través de ellas se transmiten acontecimientos cotidianos y mensajes (actos festivos, entierros, celebración litúrgica, etc…). Las campanas -usadas en Occidente desde el siglo VI y cuyo nombre hacía derivar Jean de Garlandia a principios del siglo XIII de “a rusticia qui habitant in campo, qui nesciant iudure horas nisi per campanas”- no son utilizadas en Montaillou con vistas a la división del tiempo. A pesar de que desconocemos la totalidad de los toques empleados en la aldea, sabemos que eran utilizadas para señalar la noticia del fallecimiento de un persona -de hecho se especifica que el toque no era igual si la persona fallecida era hombre o mujer (II,201)- y para indicar la elevación del “cuerpo de Cristo” durante la misa, lugar privilegiado de reunión comunitaria, para lo cual se hacía sonar la campana mayor (III, 60; 235). Por otra parte, cuando se excomulgaba a alguien se anunciaba con volteo de campanas y a tambor batiente.

•Las pequeñas cantilenas de recitación que suponemos emplearía el pregonero al promulgar las disposiciones públicas (II, 453).

2.-Los cantos de las aves.

Los cantos producidos por los pájaros y las aves son interpretados a nivel ideológico según las creencias de un tipo de religiosidad animista. Así por ejemplo, el canto del gallo señaliza el tiempo y el quejido lúgubre de la urraca o de la lechuza producido durante la noche augura la muerte.

El gallo es el ave divisoria por excelencia entre el día y la noche, su canto es aprovechado para medir el tiempo (“al primer canto del gallo”, “cuando ya el gallo había cantado tres veces”, etc…) La velada al amor de la lumbre reviste gran importancia en la aldea, a veces puede prolongarse hasta el canto del gallo para los más apasionados (I, 223; III,208). En ella se dialoga, se discute, se chismorrea y lo más importante, se transmite la cultura oral. No sería descabellado pensar que la música amenizara estas veladas.

La lechuza y la urraca dentro de la religiosidad e ideología pagana del lugar, llena de supersticiones diabólicas, y que se ha mantenido inmóvil hasta casi la actualidad en muchos ambientes rurales de los países de la Europa occidental, son consideradas entes maléficos, macabros y diabólicos. Su canto, unido a la oscuridad de la noche, presagia la muerte. Sus quejidos y gritos sobresalen, asustan, excitan, producen terror, angustia y sobre todo repulsión, ya que se consideraban portadores del lenguaje de los espíritus. Incluimos a continuación lo que nos cuenta Brune Pourcel a este respecto: “Y cuando moría -se refiere a Na Roqua- vinieron al tejado de mi casa dos pájaros nocturnos llamados vulgarmente gavecas (lechuzas); gritaban desde el tejado; al oirlas, yo dije: ¡Los diablos han venido para llevarse consigo el alma de la difunta Na Roqua!” (I, 388).

LA MUSICA EN LA ALDEA

Hasta aquí prácticamente no tenemos ningún problema para constatar toda una serie de sonidos marginales, sin embargo cuando intentamos averiguar algo más acerca del fenómeno musical encontramos más limitaciones.

El único instrumento que menciona el informe es la flauta. La flauta era el instrumento preferido por los pastores, este instrumento de pequeñas dimensiones, que acompañaba al pastor en sus desplazamientos, formaba parte de sus ajuares -tanto de los grandes propietarios como de los pequeños-. Se llega a comentar de un pastor arruinado: “no posee siquiera una flauta” (11,182).

De la música en el espacio religioso, destinada al servicio de Dios (Dei laudes decorare), no sabemos nada, simplemente que existía (I, 145, 146). Los cantos religiosos cuyo fin primordial era honrar y alabar a Dios, debieron crear un clima de recogimiento capaz de ser favorable a la meditación y de solemnizar el culto divino. La iglesia parroquial debió de ser uno de los centros más importantes de actividad musical en la aldea. Desconocemos si existía una pequeña organización musical por somera que fuese, al igual que el repertorio que ejecutaba aunque suponemos que estuvo integrado por piezas polifónicas. Este repertorio sería cantado exclusivamente por hombres. Del mismo modo no sabemos si la iglesia poseyó algún órgano aunque lo más probable es que dispusieran de uno pues este instrumento formó parte habitual del mobiliario de casi todas las iglesias del occidente europeo durante el siglo XIV.

En cuanto a la música en el ambiente civil hemos de advertir que el pueblo debió de danzar y cantar con frecuencia en la plaza y en la taberna, escenarios privilegiados de sociabilidad. De estas tradiciones populares y folklóricas (canciones, piezas instrumentales e incluso instrumentos musicales) no sabemos absolutamente nada. Para el pueblo la música debió de ser una necesidad social, un elemento de placer y de diversión. Suponemos que abundaría la música de un cariz festivo. Todas estas canciones, baladas y bailes eran enseñadas por transmisión oral, recordemos que en una sociedad de analfabetos la memoria visual y auditiva están ampliamente desarrolladas.

Los bailes tuvieron lugar ante una determinada celebración o acontecimiento (la fiesta local, el nacimiento de un vástago o de un nuevo vástago, la celebración de las bodas, etc…). Los bautizos ocasionaron grandes dispendios, obtener la remisión del pecado original no se conseguía todos los días. Pierre Maury nos dice a este respecto: “ahí os gastáis vuestros bienes, ahí contraéis amistades” (III, 185). Del mismo modo los festejos nupciales son celebrados por todo lo alto, en ellos la diversión más popular es el baile. Varios músicos amenizarían la fiesta y el banquete con instrumentos. El día de la fiesta local de la comunidad se celebraba una buena comida y se bailaba en la plaza, participando la mayor parte de los miembros de la comunidad, pero sobre todo jóvenes. Guillemette Clergue nos dice: “El día de la fiesta de San Pedro y San Pablo, después de la misa y el almuerzo, fui a jugar y a dirigir las danzas con los demás muchachos y muchachas de la aldea de Prades” (I, 338).

Por último hablaremos de la práctica musical privada. En primer lugar conviene advertir que a pesar de que existen en la aldea personajes influyentes y relativamente ricos como por ejemplo los Clergue, los Belot, los Benet e incluso una familia de origen noble (Bérenguer de Roquefort y su mujer Béatriz de Planissoles) no parece que exista una enorme diferenciación socio-cultural por lo que a nuestro campo corresponde. Los modelos de vida cortesanos no son en absoluto aplicables a las casas más pudientes de la comunidad. Estamos muy lejos de la actividad cultural musical que por ejemplo encontraremos a finales de la Edad Media o principios del Renacimiento en las capillas nobiliarias europeas o incluso en algunas casas burguesas importantes. En Montaillou, no parece que estas casas más importantes hayan desplegado un interés mayor por la música que las de gente más humilde. El clan tiránico de los Clergue, por ejemplo, se limita a dominar y acaparar el poder espiritual y temporal. Estamos, por tanto, muy lejos de esa cultura cortesana con manifestaciones musicales de gran magnificencia y suntuosidad.

En los ágapes entre hombres nos consta que brotaban las cancioncillas. Por ejemplo, con motivo de la cena en casa de Hugues de Sournia se pide a un hermano mendicante asistente que cante un “Ave María” antes de la comida (II, 123). Tal demanda, según nos comenta Le Roy Ladurie, “procede de una preocupación estética más que piadosa: cuando el frater da una intención religiosa a su canción, es regañado por los invitados” (4). Es de suponer que en este tipo de reuniones masculinas se cantara al amor y a la belleza.

Es una lástima que este documento extraordinario no nos proporcione más datos acerca del fenómeno musical. La investigación de Jacques Fournier iba por otros derroteros: indagar a fondo la vida espiritual de la comunidad.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: