Según escribe el P. Fray Miguel de Alonsótegui en el capítulo V , del libro 1.º de la «Crónica de Vizcaya», y la referencia la recojo de la «Historia General de Vizcaya», de Iturriza, hubo en este Señorío la costumbre de alquilar mujeres que a la cabecera del difunto llorasen, planiesen y declamaran, loando, en las timeras endechas, los abalorios, las proezas y hazañas del muerto (…). Esta costumbre fue prohibida por el Fuero de Vizcaya y cayó en desuso por la persuasión de los curas, principalmente, «a quienes el excesivo llanto y la gritería que formaban les impedía celebrar con devoción los oficios divinos».
Entre otros varios autores, Gorosabel se fija en estas mujeres que «andaban llanteando», según su expresión.
Por Juan José de Basteguieta sabemos que en Guipúzcoa se ha conocido a la llamada «Negarti plazako» (la llorona de la plaza), y a la casa donde vivía se la ha llamado «negartijena».
En otra fuente he encontrado esto:
Tras el fallecimiento el difunto era envuelto en un sudario de tela blanca y era velado por los familiares antes de ser enterrado. El entierro se realizaba de manera rápida no sólo para evitar contagios y enfermedades sino para alejar el fantasma de la muerte de la familia o el pueblo.
En el caso de los más acomodados, o de que el difunto formase parte de una cofradía, el funeral suponía un enorme gasto, ya que incluía un pomposo cortejo con luminarias y la procesión de pobres y plañideras contratados pare la ocasión.
El entierro para estos afortunados tenía lugar en el cementerio parroquial y conllevaba a menudo la sepultura perpetua, aunque la mayoría eran inhumados en vastos cementerios comunes -como los de las ciudades-, simples descampados donde solían realizarse toda clase de actividades profanas (mercado, juegos, etc.).
La solemnidad caracterizaba el traslado del cadáver desde la casa hasta el lugar de enterramiento. Los familiares, compañeros de oficio y las plañideras (en mayor número cuando el finado era de clase social elevada ya que recibían una gratificación) acompañaban al cadáver.
Durante la trayectoria las campanas de las iglesias tocaban para ahuyentar a los demonios. Cantos, plegarias y llantos eran los sonidos del cortejo durante el viaje. El blanco era el color habitual del duelo, estando el negro reservado para las familias aristocráticas. Cementerios e iglesias eran los lugares de enterramiento. El desarrollo económico de la Baja Edad Media motivó la proliferación de capillas en iglesias y catedrales. Tras el entierro la familia debía ofrecer una comida a los acompañantes. Su objetivo era reconstruir la cohesión de la comunidad. Tras el primer aniversario de la muerte se celebraba una misa con la que se ponía punto final al luto que había guardado la familia.
Descripción y lugar de la imagen, Tumba de un caballero castellano.
Los gemidos femeninos, que forman parte del ritual mortuorio y que en cierta medida perpetúan la larga tradición de las plañideras grecolatinas. Estos sollozos y gemidos rituales que encontramos en torno al lecho del moribundo, en el velatorio y en el cementerio, son siempre producidos por mujeres, los “agentes esenciales del rito funerario” en palabras de M. Mauss (3). Recordemos a este respecto que eran éstas quienes se encargaban del amortajamiento y del velatorio del difunto. Las “pleureuses” confieren un cariz dramático a la muerte, gritan, lloran, rezan, en ningún momento son asistentes pasivos, la emoción les agita, sus muestras de dolor son siempre apasionadas. Veamos por ejemplo lo que nos cuenta Mengarde Buscaih: “Cuando mi suegra murió, asistí a su entierro lanzando tremendas vociferaciones. Sin embargo, tenía los ojos secos, porque sabía que la querida mujer había sido heretizada en vida” (I, 490). Los hombres gimen con discreción (II, 289).
En un documento del siglo XV narra esto:
En Orihuela se celebró el 2 de octubre de 1497. Todo el Consejo se vistió de bayeta, tela de lana, floja y de poco cuerpo en señal de luto. Se dispusieron dos túmulos en el trayecto de la procesión-entierro, uno en Santiago y otro en la Colegiata; en la procesión se quebraron tres escudos; dos banderas de luto eran portadas por los dos nobles más importantes de la ciudad, y el palio lo llevaban destacados prohombres oriolanos: Masquefa, Rocamora, Fontes, Monsí de Castañeda, Maza, Rocafull y entre ellos mosén Antonio de Gasque. Ceremonia curiosa en sus actos y popular, dado que el caballero Juan Palomares iba preguntando a los portadores de la bandera, a los jurados y consejeros “¿Qué novedad es ésta?” y, a sus contestaciones, las plañideras y las que no lo eran de oficio se unían a sus gritos y alaridos, en tanto se mesaban ropas y cabellos con toda la estridencia posible.
La manera en que manifestaban el dolor era variada: a través de lamentos, (que podían adoptar incluso la forma de gritos estentóreos y descontrolados), dándose golpes en el pecho, (el cual a veces dejaban al descubierto), echándose tierra sobre la cara, cabeza y cuerpo, (tratando con ello de ocultar la presumible belleza externa), o tirarse con energía de los cabellos, (despeinándolos, o incluso arrancándolos); es decir, en conjunto manifestando una conducta que diera sentida cuenta del profundo dolor que implicaba la pérdida de un ser querido, a través de un comportamiento claramente atípico y alejado del estado sosegado y tranquilo que era normal en la vida cotidiana.
El Cid pide :
Mando que no alquilen / plañideras que me lloren / restan las de Jimena / sin que otras lágrimas compren
Como veremos, supone la pervivencia medieval de unos usos documentados en época romana, contra cuyo fuerte arraigo chocaron las prohibiciones reiteradas de la iglesia e incluso las emanadas del poder civil.
Una de ellas, invocada tradicionalmente por la historiografía dada la riqueza de detalles que aporta, corresponde al sínodo burgalés del obispo Cabeza de Vaca de 1411. Sin lugar a dudas, el párrafo que se dedica a esta práctica denostada tiene un gran poder evocador. En él se censura: “el malo e aborrescido uso que cuando alguno muere los homes e las mugeres van por los barrios e por las plaças aullando e dando bozes espantables en las iglesias e otros lugares, tañendo bozinas e faziendo aullar los perros, e rascando las caras e mesando las crines e los cabellos de las cabeças, e quebrando escudos, e faziendo otras cosas que no convienen; e esto fazían los gentiles no creyendo la dicha resurrección”…
Más de un siglo después y en contexto sevillano se describe el mismo
género de celebración en estos términos: “Assi desta manera quedó en nuestro tiempo la manera de enterrar los caballeros, que los llebaban en sus andas descubiertos, vestidos de las armas que tuvieron, y puesto el capellar de grana y calzadas las espuelas, su espada al lado y delante las banderas que habia ganado y otras muchas cosas de gentiles. A ciertas partes de la ciudad se paraban, quebrando los paveses y escudos de la casa. Llevaban una ternera que bramase, los caballos torciendo los hocicos y los galgos y lebreles que había tenido, daban de golpes para que aullasen. Tras de ellos iban las endechaderas, cantando en una manera de romances lo que había hecho y cómo había muerto. Esto quitó la Inquisición por ser color de gentiles y judíos y negocio que aprovechaba poco para el alma”. En ambos textos se conjugan elementos que corresponden a las distintas esferas del ritual funerario. Por un lado están los aspectos externos de una ritualización del dolor cuyos antecedentes directos se hallan en el mundo romano aunque su incidencia —incluso iconográfica— ya se documenta en la civilización egipcia. Nos referimos a las plañideras. Los integrantes del cortejo —sean hombre o mujeres, pero principalmente estas últimas— lloran, se arañan, mesan sus barbas y cabellos y evocan las virtudes del difunto de viva voz.
También esta en conexión con la LÍRICA TRADICIONAL CASTELLANA, puesto que está formada por cancioncillas populares que se transmitían oralmente de ahí que sean anónimas. La forma métrica generalmente más utilizada es el villancico.
Sus principales géneros son planto, llanto o endecha (canciones funerarias que expresan el dolor por la muerte de un ser querido), mayas (canciones que cantan la llegada de la primavera y del amor en el mes de mayo), canciones de trabajo que tratan sobre las deferentes labores del campo), canciones de amor, cantos de bodas…
En el folklore aparece esta cancioncilla titulada La Llorona, en la que la esposa encarga los servicios de las plañideras para las honras fúnebres del recién fallecido esposo:
Llóralo bien lloradito
Que te voy a dar colmado
Y un puñadito.


