Lecturas medievales

La Europa posterior a la invasión de los godos había perdido la riqueza literaria y la amplia alfabetización que habían caracterizado a la época clásica. Si los griegos pensaban que un idiota es alguien que no sabe ni leer ni nadar, en la Europa medieval los idiotae serán sencillamente los illiterati, los analfabetos, y el término está ya muy lejos de la carga de desprecio que el refrán griego rezuma hacia una ignorancia inconcebible.

La mayor parte de los libros de la Europa cristiana eran libros litúrgicos (misales, evangeliarios, antifonarios, etc.), necesarios para la celebración de los ritos sagrados en iglesias y monasterios, y libros necesarios para la formación de sacerdotes y monjes, como colecciones de homilías, textos de los Santos Padres, biblias… Son éstos sin duda los más copiados y los más usados, por ser “herramientas de trabajo” de un estamento social importantísimo en la época como es el clero. Y son ellos, precisamente porque su profesión les exigía saber leer y escribir y conocer el latín, los encargados, durante toda la Edad Media, de preservar y transmitir la cultura heredada de la Antigüedad, de ejecutar la penosa tarea de copiar los libros, de enseñar a leer y escribir.

Ello es especialmente cierto para la Alta Edad Media europea, hasta el nacimiento de las universidades en el siglo XII y la conversión de éstas en centros laicos de difusión del saber. Pero aunque no son los únicos que poseen la capacidad de leer (otras profesiones lo requerían en mayor o menor grado; los comerciantes tenían que saber llevar sus cuentas, y los notarios y funcionarios de las cancillerías tenían que ocuparse de la burocracia privada y pública), sí son los principales productores y consumidores de cultura y de ciencia; de ahí que, al menos hasta el siglo XII, podamos crear la equivalencia clérigo=hombre de letras (hoy día el término inglés clerk todavía designa a ambos).

Fuera de este grupo, por lo demás muy poco homogéneo en sus niveles de alfabetización, se encuentran lectores principalmente entre las capas sociales acomodadas, es decir, nobles y altos funcionarios, educados en cualquier caso en escuelas monásticas o catedralicias.

Pocos lectores son, huelga decirlo, mujeres. Algunas fueron eximias protectoras de la cultura, como la emperatriz Teófano, la esposa bizantina de Otón II, emperador del Sacro Imperio; la fama de otras, como la de la culta Eloísa, amante de Abelardo alcanzó la leyenda; de otras quedan sólo sus nombres: nombres de humildes monjas escribanas que firman los libros que copian, nombres de damas que dejan en herencia sus bibliotecas a monasterios y catedrales. Se cree que las mujeres, precisamente porque se cuidaba menos su educación y no solían saber latín, fueron un público que propició la difusión de obras escritas en lenguas vernáculas.

Pero no sólo había clérigos que leían venerables volúmenes de teología o ciencia. El siglo XII vive un renacimiento de las letras en toda Europa, y muy especialmente en España, que impulsará el nacimiento de las universidades o la composición de los primeros textos literarios en las distintas lenguas vernáculas, con sus nuevos géneros y sus temas preferidos. Si los más cultos leen a S. Agustín y a Plotino y se interesan por las matemáticas, no faltarán a partir de ahora lectores de libros de caballerías como el Roman de toute Chevalerie de Thomas of Kent o los relatos artúricos de Chrétien de Troyes o Geoffrey de Monmouth; de lírica religiosa, como las Cantigas de Alfonso X; de poesía amorosa como el Roman de la Rose; de fábulas indias, como el Calila e Dimna, difundidas gracias a los árabes; de cuentos como los Canterbury Tales de Chaucer; de relatos supuestamente históricos sobre míticos héroes y batallas, como la Historia Destructionis Troiae de Guido delle Colonne, la Eneide de Heinrich von Veldeke (una adaptación de la Eneida de Virgilio) o el Speculum historiale de Vincent de Beauvais, una historia del mundo desde la Creación hasta el 1250, pronto traducida al neerlandés y al francés; de textos concebidos para la devoción privada, como vidas de santos o libros de horas; de poesía moralizante como la de Berceo; de poemas épicos como el Nibelungenlied, el Poema de mío Cid o la siciliana Chanson d’Aspremont, rápidamente puestos por escrito y traducidos (existe un Rolandslied del 1170); de libros de viajes como Li Livres du Graunt Caam de Marco Polo, por no hablar de obras maestras como la Divina Comedia.

No carecían de público las obras inmorales, las de contenido satírico, blasfemo u obsceno (se dice que uno de los motivos por los que el Roman de la Rose fue tan tremendamente popular en la Edad Media estriba en lo subido de tono de algunos pasajes) y las opuestas a la doctrina cristiana (obras de brujería o magia, textos paganos), generalmente prohibidos.

Por último, para las capas más populares, compuestas en gran parte por analfabetos, la literatura no se lee: se oye. La transmisión de la literatura como entretenimiento es en buena parte oral, en círculos familiares o en plazas públicas. Todo ello sin olvidar que también el que sabe leer lee siempre en voz alta, aunque esté solo; la lectura silenciosa es una habilidad tardía, extendida a partir del Renacimiento.

Artículo de beatriz Porres.

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